UN DÍA DE CACERÍA

Tal y como me lo han contado lo traigo aquí sin añadir ni quitar palabra alguna.
Se trata de un grupo de cinco amigos –cuyos nombres no vienen al caso, pero que aunque vinieran, tampoco citaría- que habían quedado en una soleada y fría mañana de domingo para una partida de caza en la finca de uno de ellos y el consiguiente almuerzo y comida.
Tengo que resaltar, en honor a la verdad de los hechos, que de este grupo, tres de ellos no tienen grandes –ni pequeñas- inclinaciones cinegéticas, bien sea por ser algo mayores que los otros dos o porque su volumen y peso requiere llenar bien la “caldera” antes de esfuerzo de cualquier tipo. Por lo que acuerdan que estos tres amigos se queden en la caseta y se dediquen a la preparación de la primera pitanza y la posterior comida de medio día. Y mientras los otros dos, con las cananas ceñidas, armas al hombro y perros por delante zarzaleando nerviosos, parten a lo que promete ser una jornada divertida.
Y nos quedamos con los tres “cocineros”, que como buenos amigos se reparten la faena de traer leña, encender, quemar las parrillas, preparar el almuerzo mañanero sazonando la panceta y la careta, separando las morcillas y los chorizos, llenando bien de tinto los porrones, preparando la cafetera y sacando la botella de brandy para los carajillos. Es decir, que no falte detalle. Y un buen pan de kilo cerca del fuego.
Ahora a esperar un par de horas mas o menos.
Todos sabemos que las esperas, para el que espera, siempre son largas y no menos largas se hacen para nuestros tres amigos que teniendo ante sus ojos tan apetecibles viandas, las dos horas de espera se les hacen eternas. Así que considerando que las dos horas ya casi han pasado y por allí no aparecen ni las ánimas, nuestros amigos comienzan a distribuir por las parrillas los embutidos y las tajadas, colocándolos en las brasas que previamente han extendido bien en el hogar. El olorcillo que se empieza a desprender del asado que excita las pituitarias y el aumento de la secreción salivar, viene aliviándose con reposados tientos al porrón. Y el fuego ejecuta su cometido en los tiempos precisos (o sea en nada) y los “tres mosqueteros” despachan los contenidos de las parrillas en menos que tardo en contarlo. Y tres cuartos del pan.
Pero los cazadores no aparecen. Eso es que se les está dando bien.
Pasan 2, 3 y hasta 4 horas y nuestros amigos de las escopetas no dan señales de vida. Pero los de la caseta si dan señales de querer rellenar los estómagos de nuevo. Haciendo un rápido recuento de existencias –de las traídas para este día, no queda ni el aroma- y requisando algunas latas de emergencia que por la alacena van encontrando mas el pan, poco eso si, pueden preparar un ligero tentempié. Así que entre mejillones en aceite, sardinillas con tomate y de las picantes y dos latitas de atún en escabeche, regadas con el poco vino que muestran los porrones, rematan lo que podríamos llamar un buen día de caza.
Y los cazadores sin venir.
Y como suele pasar siempre en estos cónclaves y máxime cuando los frascos de vino y bebidas espirituosas han hecho la ronda pasando hasta por la sombra de cada uno de los presentes –porque de los ausentes aún no sabemos nada-, después vienen las guasas y bromas para las cuales y en estas circunstancias, es fácil ponerse todos de acuerdo.
De forma que nuestros tres amigos, intentando sacar más pecho que barriga, y dado que ya a estas alturas de la tarde se habían comido hasta la carcoma de las sillas, deciden preparar un puchero de comida para saciar el apetito al regreso de los fatigados –se supone- cazadores.
El puchero se queda al fuego y al pié de la chimenea, en un viejo cartón escrito con letras bien visibles, la siguiente leyenda:
“Aquí os dejamos al fuego un estofado de palometa y tropezones por si cuando lleguéis traéis hambre. Nosotros nos hemos ido al pueblo para ver el partido mientras merendamos.”

Puchero

Puchero


Palometa

Palometa o Palomilla


Tropezones

Tropezones

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