BIBLIOTECA DE INTERCAMBIO DE LIBROS

Perderse por los caminos de España generalmente da mucho juego. Y sorprenden los parajes, paisajes y vericuetos.

En este último viaje que hemos realizado, nos encontramos –mejor dicho, buscamos- una localidad de tan solo 34 habitantes con un atractivo –para algunos- muy especial. Se trata de Quintanalara, una aldea que cuenta con una biblioteca de más de 16.000 volúmenes. No, no me he pasado en ‘ceros’.

Quintanalara se encuentra a trasmano de casi todos los sitios. Si no buscas en Google la ubicación, te trazas la ruta en el navegador – si cuentas con ello- y además vas preguntando a algún paisano, posiblemente no la encuentres. Por cierto, los últimos kilómetros tienes que hacerlos por pista forestal de tierra, aunque eso si, bien conservada para turismos.

Quizás porque nosotros llegamos a horas de siesta (¡vaya novedad!), la primera impresión que se recibe es de que aquello está desierto. Pero no es así. Tras un visillo se observa una vecina que indaga sobre los forasteros, circunstancia que aprovechamos para solicitar información. Preguntada por la Biblioteca, la señora muy amablemente nos orienta:
-Giren ustedes la esquina y verán un cartel que les encamina.
Efectivamente encontramos un cartón sujeto con cuerdas a la reja de una puerta y que reza: BIBLIOTECA y una flecha, escrito con rotulador permanente. Descendemos la cuesta, como 20 metros y se acaba el pueblo. A partir de aquí es campo y más allá –quizá 60 metros- hay un edificio de piedra de medianas dimensiones. Podría ser la Biblioteca.

Llegados a la puerta y con las reservas necesarias por la hora de la tarde, tocamos suavemente. No recibimos respuesta. Insistimos. Tampoco hay respuesta. Y al agarrar el pomo de la puerta, ésta se abre suavemente y ¡oh sorpresa!… ¡es la Biblioteca! Pero no hay nadie.

Decidimos entrar como furtivos y echar un vistazo. Hay una mesa con libros sobre ella, y un documento dividido en dos columnas encabezadas con estos textos: “Libros que deja” y en la otra columna, “Libros que se lleva”. Por lo que el mecanismo está claro. La única condición es que el libro que dejes sea de las mismas características que el que te llevas, tanto en su estado de uso, como en la categoría del volumen. Es decir, que no cambies una novela de Marcial Lafuente Estefania por un Quijote.

De manera que siguiendo escrupulosamente estas indicaciones procedemos a cambiar nuestros cinco libros nuevos por otros que no hayamos leído. Hacemos las oportunas anotaciones y tan contentos como unas pascuas.

Estando ocupados en la elección de los títulos, aparecen unas señoras que, bien porque querían saber que hacían aquí esta pareja –nosotros- o para ver la biblioteca, que según manifestaron, a pesar de ser de la aldea, no conocían. ¡Vaya usted a saber! Pero no se recrean en los libros. Sólo en nosotros. Y se van por donde han venido.

Y como el bar de la ‘peña’ –no sabemos de qué peña- no abre hasta las 8 de la tarde y  necesitados de remojar el gaznate, tomamos las de Villadiego. No, mejor dicho, desandamos lo andado para buscar la general a Burgos. Ya pararemos en algún lugar.

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Biblioteca de intercambio de Quintanalara

 

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