DEL CUERPO HUMANO

De niño, de muy niño, empecé a tomar conciencia de mi propia identidad mirándome al espejo. Ahí veía mi imagen reflejada mirándome atentamente con cara de circunstancias. Pensaba: “-Yo estoy aquí dentro de este cuerpo. Aquí metido y con este aspecto”. A mis amigos –suponía- les pasaría lo mismo que a mí cuando se miraran en el espejo. Se verían guapos o no. Yo no. Pero ese de ahí era yo y así me identificarían mis semejantes además de por mi nombre: Pepe. Bueno, en aquella época por Pepito.

Y así comienza la andadura de mi gentil y manchego cuerpo y del Yo que llevo dentro.

Principia mi existencia con un espermatozoide veloz que se une con un óvulo expectante e inicia una fructífera simbiosis de la cual nacerá un nuevo individuo. Pero aún no sabe que es él y no otro; al nacer es una cosita que tiene unas necesidades que para que le sean facilitadas, normalmente berrea. Irá desarrollándose paulatinamente y absorbiendo información utilizable para sentar las bases de su propia identidad. Hasta que un día asomado al espejo podrá decir: “-¡Vaya, este soy yo! ¡Y me llamo Fulano!”  Y ya empezará a hacer preguntas o se las hará a si mismo, pasando mucho, mucho tiempo hasta que empiece a comprender el sentido de su propia existencia. O no y jamás se dará cuenta.

Por eso yo, ahora, me estoy contando como sería el funcionamiento de esta máquina tan perfecta que llamamos cuerpo. Y un poquito del alma.

Nos iremos desarrollando físicamente alcanzando unos niveles satisfactorios para nuestra andadura por la vida y habilidades necesarias o voluntariamente adquiridas para un desenvolvimiento óptimo. Así, aprenderemos a andar, correr, comer, saltar, asearnos, nadar y un larguísimo etc. Después algunos querrán correr más rápido o nadar mejor; montar en bicicleta o a caballo, pintar o saltar de trampolín. Y la máquina se irá perfeccionando. Iremos aprendiendo como funcionamos físicamente y quien es el que manda aquí.

El cerebro, ese órgano maravilloso que nos ocupa gran parte del cráneo y al que tantos miles de años – más de 300.000 años solamente desde el Homo Sapiens- le ha costado alcanzar la perfección actual. Pero esto no queda aquí. Se dice que el saber no ocupa lugar (está por discutir), así que ‘échale hilo a la cometa’.

Aquí arriba en mi cerebro tengo algunas consideraciones que quiero expresar. Protegido por unos fuertes huesos el cerebro ocupa un volumen aproximado de 1130 cm3 y que yo –para mi mismo, claro- lo he dividido en tres niveles:

Nivel 1ºSala de vigilancia e información: En este gran despacho trabajan muchísimas ‘personas’ –neuronas- que se dedican a observar las posibles invasiones no autorizadas de esta fortaleza que es nuestro cuerpo. Recoge información de todo tipo del exterior e interior, que posteriormente procesa, analiza y comunica a quien sea necesario.

Nivel 2º–  Sala de los Archivos: Inmenso almacén para guardar las visicitudes de la existencia, las experiencias y los recuerdos. El nivel más sensible a agresiones diversas. Es fundamental para el desarrollo de la personalidad y distinguir los efectos de nuestras actuaciones. El deterioro de este Nivel desemboca en un  estado físico lamentable con un final fatídico.

Nivel 3º-  Sala de Mando: Es el lugar más recóndito y de acceso restringido a la mayoría. Ellos controlan todo lo que ha de suceder desde el principio de nuestros tiempos. Son omnipresentes en todo el cuerpo y ponen a prueba todo el desarrollo del individuo no importándoles nada lo que los otros departamentos puedan hacer. Se sabe que tienen dentro una enorme escalera muy parecida a las de caracol asentada sobre la línea del tiempo.

Aquí entre estos tres niveles es donde pulularía lo que conocemos como Alma, algo nunca visto pero que aceptamos como existente y que solo se ocupa de aplaudir o criticar actuaciones dependiendo de la consideración cultural del hecho.

El cuerpo es la gran sala de máquinas donde habitan otros tipos de células diferentes a las del cerebro y diferentes entre sí que trabajan incansablemente para mantener activo el baluarte. Reciben constantes ataques externos e internos detectados inmediatamente por el Nivel 1 que informa a los batallones de defensa para que actúen. Así por ejemplo, si nos pinchamos con algún objeto y se nos escapan las células de la sangre, sin titubeos ni dudas, llamarán a las plaquetas para que intervengan. No se equivocan y llaman a las células de las uñas, no,  porque les dirían que ellas son para rascar nada más. Y si la invasión altera cualquier órgano interno, acudirán inmediatamente las legiones de células especializada en destruir o debilitar al invasor. En muchas ocasiones se requiere ayuda externa de medicamentos. Posteriormente a estos episodios, los resultados son analizados por el Nivel 2 que se protegerá para el futuro por si pudiera volver a ocurrir.

El cuerpo se ocupa de analizar, estudiar y experimentar con todo aquello con lo que se relaciona. Para ello usa Los Sentidos que son 5 tangibles y un 6º que parece ser la Intuición y que está más desarrollada en la mujer. Así vamos conociendo nuestro entorno; sus colores, olores, sonidos, sabores y texturas, que a lo largo de nuestra existencia nos van enseñando las características de todo lo que nos rodea y archivándose debidamente en nuestro cerebro. Con el 6º sentido, el macho de la especie no se lleva bien. Es capaz de tropezar dos –o nueve- veces con la misma piedra. La hembra no; a la segunda, es capaz de dar un rodeo por la selva del Amazonas (aunque no le coja al paso). Por si las moscas y la piedra siguiera ahí.

Con esta breve exposición que me acabo de fabricar –para mí mismo- va funcionando la maquinaria y el tiempo pasando, acumulando experiencias que a la vejez nos gusta compartir con los semejantes a los que les metemos una soba de padre y muy señor mío. “A propósito de la mili…” Lo malo es que nos acordamos más de las cosas vividas hace muchos años que de lo acaecido ayer.

De esta manera y otras muchas más, llegamos a la orilla del Aqueronte llevando bajo la lengua una moneda para cubrir el porte de Caronte hasta la otra orilla. Claro que, salvo raras excepciones, sin moneda tampoco nos quedaremos a este lado del río. Creo; nadie me lo contó.

Pero, ¿y el alma? ¡Vaya, ya se me olvidaba! Pues por ahí anda. Pero explícame que pasa con ella cuando partimos de este mundo, me digo a mí mismo. ¿Qué te diría yo? Que si partimos de la base de lo que dijo un tal Lavoisier ‘la materia ni se crea ni se destruye…’ En qué se convierte el cuerpo, ya lo sabemos, pero ¿y el alma? Cuando morimos debe ascender a los cielos y vivir eternamente con los angelitos y demás seres de los cuentos. Y aunque yo piense que esto no es así y que cuando cerramos el ojo (los, los), nuestra alma se ‘enfría’ como el motor de un coche recién aparcado y una vez bien frío, ya no hay más cera que la que arde, esto está todo por demostrar, así que ya veremos quién se atreve. Pasando a ser historia, seremos esporádicos recuerdos en la mente de algunos. De todas formas, cuando vea a Caronte, le preguntaré por estas cosas y en un ratito las escribo por aquí, no sea que se me olviden.

Por cierto, hablando de olvidos, quiero hacerme a mí mismo (es para mí como todo lo que escribo aquí) unas recomendaciones:

Piensa Pepe –ahora que puedes- que tu cuerpo y tu cerebro están conectados. Cada célula, sin importar su especialización,  entiende y conoce las actividades de todas las demás; absolutamente todas usan el mismo grupo de whatsapp; y el cerebro, su administrador. Aprende a entender esto.

Y como última cosa tengo que aclarar  (para cuando lo lea otra vez) que principalmente he escrito hablando del hombre -hecho a propósito- salvo en un párrafo en el que he mentado a la mujer. Y yo soy yo y mi circunstancia, como dijo el filósofo. Y soy hombre. ¿Qué verán ellas en el espejo? Esto ya es harina de otro costal. Que lo cuenten ellas.

 

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MUJERES AL PODER

Ahora voy a hablar de mujeres. Si, de mujeres de antaño y de hogaño. Y de mis experiencias, claro.

Hace mucho, mucho tiempo, en este bienamado país (y en otros) existía un poderoso señor que dominaba todos los territorios y hacía de ellos su particular coto de caza; y de pesca, de esparcimiento, de negocio dominando a todos aquellos seres vivientes que se movieran en sus límites. Su nombre hasta pronunciarlo en voz alta se hacía en los recónditos espacios en los que ellas se pudieran reunir. Le llaman ‘Machismo’ y a pesar de que en el amanecer de los tiempos ya era adulto, aún hoy vive entre nosotros, dentro de nosotros, negándose a morir y desaparecer, y se manifiesta abiertamente sin importarle el rechazo que su presencia produce en ciertos ambientes; repulsa que se muestra cada día más. Pero ahí anda, sinuoso elemento disfrazado de los más variopintos físicos. Varones de toda condición social y cultural.

Como ya soy viejo y muy usado quiero mentar lo que he venido diciendo desde hace muchísimo tiempo a mi círculo de amigos y conocidos próximo y en los que algunos de sus elementos escuchaban cabizbajos y otros mirando a otro lado. Comentaba que habría de llegar el día en que ‘ellas’ se igualarían en derechos y responsabilidades al hombre, ocuparían puestos relevantes, incorporándose a actividades reservadas sólo al ‘macho’. Y trabajarían fuera del hogar familiar con una independencia absoluta económica, sin ser tuteladas y compitiendo hombro con hombro con el rey de la creación. Y el hombre tendría miedo.

Desde el bachillerato, he tenido la oportunidad de sentarme con ellas en el mismo pupitre y cuando accedí al mercado laboral he trabajado con compañeras por lo que puedo –y quiero- hablar de mis experiencias.

En los tiempos de estudiante ya me daba cuenta de que, mientras nosotros los hombres, acabados los estudios de bachillerato y buscábamos acceder –los que podíamos- a alguna carrera superior o media, la mujer consideraba que ya había acabado su ciclo de formación. Hacía el ‘Servicio Social’ y ya estaban preparadas para el matrimonio. Para esto estaban educadas ellas. Y talentos que se quedaron en el camino en mi generación. Y antes, claro; y después también.

Ya en la vida laboral, contando sólo lo que he vivido, eran pulcras en el trabajo, educadas, intuitivas, inteligentes, colaboradoras y buenas compañeras. Y nosotros fuimos promocionando en el escalafón. Y ellas se iban quedando atrás. Más energías productivas y talentos desperdiciados en la cuneta. Así fui recorriendo mi propia historia hasta los años 2.000 en que se empieza a hablar de la igualdad –de la salarial seguimos igual, sin bañador al borde de la piscina- entre hombres y mujeres. Como he dicho, “se empieza a hablar” pero parece ser que estas conversaciones llevan su tiempo. Y ahí estamos, escuchando el tic-tac del reloj. Y el hombre tiene miedo.

Hoy en día, por reconocimiento o necesidad, muchas mujeres trabajan fuera del hogar. Y el hombre colabora algo en las faenas de casa. Va al supermercado, lleva o recoge a los niños del colegio, asiste a alguna reunión del APA, no a todas, pero lo de planchar o quitar el polvo, eso ya…eso ya no sabe hacerlo. Pero esta aprendiendo. Y el hombre está alarmado.

Nosotros siempre hemos ido con amigos a donde nos ha dado la gana. A pescar, a cazar, a la peña, a la partida, a echar unas cañas después del trabajo, en fin, a cualquier actividad real o inventada. Y no pasa nada. También tenemos derecho. ¡Ah amigo cuando la mujer tiene sus propios compromisos! “Fulanito, hoy no vengo a comer, tengo un compromiso”. “Menganito, después del trabajo voy a tomar unas copas que Mari X celebra su cumpleaños. No me esperes a cenar”. “Perengano, mañana voy a ciudad Capital con Fulano a cerrar una operación. No sé cuando vendré”. Y al hombre ya le chorrea una masa viscosa por la pernera del pantalón.

Según reza el refrán: ‘Piensa el ladrón que todos son de su condición’, y lo admitimos como verdad verdadera. Pero ni todos los ‘ladrones’ son iguales ni ellas se merecen que sospechemos por todo. Solamente ejercen su derecho. Nosotros lo hemos hecho toda la vida, así que lo mejor es cambiar el chip urgentemente o de lo contrario comprar ingentes cantidades de “dodotis”.

Bienvenidas mujeres a la nueva época, pero no bajéis la guardia, estáis ganando batallas pero aún no habéis ganado la guerra. Un beso enorme.

LICOR CALISAY

A principios de los años 70 nos conocimos. Y hace más de 35 años que no veo a mi amigo  Alberto. Buen amigo desde nuestros tiempos de soltería en Barcelona y nuestras escapadas nocturnas de las cuales, por no venir al caso, ahora no voy a hablar.

Recién casados ambos – cada uno con su mujer, claro- nos reuníamos los sábado en casa, alternando las semanas cada matrimonio. Cenábamos, escuchábamos (mejor, oíamos) música y teníamos nuestras charlas interminables de cualquier cosa de más o menos trascendencia – y sin ninguna trascendencia-, pero disfrutábamos de la mutua compañía hasta la salida del sol. Nuestra costumbre era que según la casa en la que se celebraran estos ágapes o dilatadas reuniones, el anfitrión debía de preparar una botella de brandy -¡qué leche brandy, coñac como decíamos antes- de la marca Magno y otra de licor Calisay.

Después de nuestras cenas familiares y sentados cómodamente en el sofá con nuestro café, nos arrimábamos a nuestra vera la botella respectiva. Y entre jajas y jijis, cuando se hacía de día, cada cual había dado cumplida cuenta de su botellita (de botellita nada, que eran de 75 cl. como ahora) y luego a dormir.

Siempre me había preguntado el por qué Alberto no llevaba la misma chispa que un servidor, salvando las distancias por el tipo de bebida y tal. Yo con un ciego del 10, mientras que él podría estar en la línea del 8 aproximadamente. Lo que no era óbice para los cantos regionales –principalmente jotas, dado el origen de mi amigo Alberto-, la exaltación de la amistad y, por supuesto, la pérdida de la verticalidad.

Dije ya al principio que hacía más de 35 años que no he sabido nada de él, pero fíjate tú –o sea yo- que ahora degustando una copita de Cantueso, me he acordado del famoso Calisay, la bebida preferida por Alberto. Y me ha dado por buscar en Internet con ayuda del Sr. Google, la palabra Calisay…

(Perdón, es que he tenido que pinchar en ‘Agregar al diccionario’ del Word, porque me lleva un ratito remarcando la palabra Calisay y me estaba sacando de quicio).

…y me dan más de 104.000 resultados en 0,40 segundos, ¡chúpate esa María Teresa! Esto si que es un Súper Héroe.

Y ahora, en 0,40 segundos, he aprendido que el Calisay de los años 60 tenía 16º. Lo que no he sabido en más de 35 años, ahora me acabo de enterar. ¡Claro, por eso Alberto tenía su intoxicación etílica en un par de niveles menor al mío! ¡Mi amado coñac Magno tenía 40º! Ahora tiene solamente 30º. Mira tu que cosas.

Después de la historia de Rumasa y sus vicisitudes, Garvey se queda con la marca y sube la graduación alcohólica a 30º. ¡Mira que bien! Aunque tengo que decir que, aparte de cambiar la etiqueta –dicen que para adaptarla a los nuevos tiempos-, ha cambiado su color, haciéndolo más transparente el vidrio y su contenido. Supongo, porque aún no lo sé, pero lo sabré, que su aroma y paladar no habrá sufrido ningún cambio. Prometo comentarlo cuando lo pruebe y sólo si conservo una mínima capacidad sicomotriz  para teclear.

La nueva botella y la antigua

El ‘coñac’ Magno