CB 27 Mhz- ALFABETO Y CÓDIGO Q

Ahora que no es necesaria licencia para el uso de estaciones de Banda Ciudadana, lo que conocemos como CB 27 Mhz, y cada vez hay mas gente que desempolvan las emisoras, no está demás en refrescar la memoria sobre el uso de los términos más frecuentes en la modulación pues parece que se nos van quedando en el olvido. Hay algunos, importantes y básicos que voy a anotar más abajo, por si alguno quiere descargarlos y como no estorban, llevarlos junto a los equipos. Y para los más curiosos recomiendo una de las páginas más antiguas de la CB y en la que encontraréis un montón de artículos interesantes. Recientemente en la biografía del Facebook de la 17 ARA he publicado uno de esos artículos que, a los más enredas, solucionar estos problemas nos han llevado por la calle de la amargura. Que disfrutéis.Alfabeto y Código Q

TONTERÍAS ERAN SOPAS Y SE LAS COMÍAN A BOCAOS

Por el aire vuela el dicho ‘estás más perdido que Germán en Albacete’ y mi elucubración me lleva a terrenos casi oníricos.
Albacete, hermosa ciudad de La Mancha; La Al-Basit árabe. La ciudad más poblada de la comunidad de Castilla-La Mancha, bueno, y una de las más pobladas de las del interior.
Y heme aquí, a la entrada virtual de Albacete, para buscar a Germán ‘El Perdido’, con el sobrenombre –bautizado por mí- y en mayúsculas como si de un grande de España se tratara.
¿Existirá este Germán?
¿Seguirá perdido?
¿Será un caso para Iker Jiménez?
¿Se perdió por la calle o en la feria?
¿Hay más de un Albacete?
¿Dios creó también a Germán?
Mi primera parada me lleva al Bar Barco Ángel para tomar una café y empezar mis indagaciones. Sentado en la terraza, me atiende un mozo recio al que hago mi solicitud y mi pregunta:
-¿Se sabe algo de un tal Germán que se perdió aquí hace mucho tiempo y aún no lo han encontrado?
El mozo, mirándome cejijunto y levantando los hombros hasta las orejas, me responde que el no sabe ‘na’ y que ahora me trae mi café. Me ha parecido que el efecto producido por mi pregunta ha sido igual que si en Calatayud hubiese preguntado por la Dolores. De manera que abono mi euro del café y me voy en busca de nuevas rutas. Y del dichoso Germán.
Tomo la calle Casas Ibáñez y al pasar por la Citroen, me compro un coche de segunda mano con lo suelto que llevo en el bolsillo y dando el mío a cambio. Aprovecho también para preguntar aquí por el dichoso Germán, del que no me dan razón, pero me indican que pregunte en la Policía que está aquí al lado.
Siguiendo las amables indicaciones de comercial de Citroen y mientras espero el papeleo, me acerco a la policía a preguntar. En el mostrador de la entrada pregunto a una agente por el sujeto de mis cuitas. Ella, bella para más datos, abre unos ojazos como los del cuadro de Julio Romero y esbozando una sonrisa algo oblicua a la izquierda me responde –entiendo que con algo de sorna-:
-No sé a que Germán busca usted, pero con esos datos que me trae, difícilmente podré ayudarle. ¿Sabe el apellido?
-No, agente, sólo tengo el nombre y el dato de que se perdió hace mucho tiempo.
-Pero, ¿mucho, mucho tiempo?
-Si, mucho, mucho. Más de veinticinco años –respondo, por decir algo y fijar un espacio no muy dilatado en el tiempo, porque si digo más, podría ser que a la agente la pillara en pañales.
-¡Uy! pues eso es mucho tiempo, si. Y denuncias de pérdidas de personas con este nombre, no hay ninguna. Aunque puede que no esté denunciado, ¿sabe? Puede pasar como aquel del que tampoco tenemos denuncia, quizás por falta de todo tipo de datos, porque le dijo a su mujer que se iba a comprar tabaco y no volvió. Y tampoco fumaba.
Con esta información de otro caso de desaparición y después de un rápido adiós, porque no me dejó de darle dos ósculos como es mi costumbre, salgo como cardo que se lleva el viento a continuar mis indagaciones.
Después de zanjar con el comercial de la Citroen el asunto de la palanca de cambio del coche recién adquirido, que pensé que no la llevaba y que me señaló amablemente una bola al lado del volante que hacía las veces de cambio de marchas, salgo de nuevo por calle Casas Ibáñez hacia el sur sin destino definido.
Después de una rotonda y algo de lío, caigo en la Calle Arquitecto Julio Carrilero y llego a una gran plaza al lado de la Feria, cosa que me alegra mucho. No es época de feria. Aparcar por aquí es asunto serio, así que después de muchas vueltas por no sé dónde, puedo dejar el coche.
Encuentro una colchonería y pensando que puede ser un buen sitio para indagar por Germán, entro decididamente al establecimiento.
-Buenos días, señor- digo.
-Buenos días, señor- me responde el encargado, mostrando un derroche de imaginación.
-Perdone mi atrevimiento, pero he pensado que ustedes me podrían dar razón de un tal Germán que se perdió aquí, en Albacete, hace años y desde entonces no se ha sabido nada de él.
-¿Cómo? Pero no me suena de nada ese tal Germán. ¿Y dice usted que se perdió por aquí? –responde poniendo cara como de asco- ¿Vino a la feria?
-No lo sé cuando vino, sólo sé que se perdió aquí en Albacete –respondo.
-¡Ah! pero es que Albacete es muy grande, ¿sabe?
-Si que lo sé, si-digo yo para mis afueras.
-Y con los datos que usted aporta, creo que no le podremos ayudar, aunque espere un momento que le pregunte a la secretaria –argumenta el señor, marchando entre los muebles y colchones hacia un despachito del fondo.
Mientras, doy un paseito por las instalaciones curioseando la cantidad de artículos que caben en este local, incluso pruebo uno de los mullidos colchones que se exhiben hasta que en menos de cinco minutos vuelve acompañado de una rubia despampanante que me saluda sonriente mirándome de derecha a izquierda, por la posición en la que me encuentro. Me ruegan que no me levante, lo que agradezco e invito a acompañarme, lo que agradecen y se echan uno a cada lado de mi gentil cuerpo. De nuevo explico mis motivos de la visita, pero deshaciéndose en sonrisitas mal disimuladas y constante aleteo de sus pestañas, me dice que no sabe nada y que lo siente mucho. Yo también lo siento. Y llegado a esta disyuntiva, me incorporo y me dispongo a levantarme, acción en la que soy imitado por mis acompañantes.
Y como es de bien nacido, ser agradecido y para mostrar el mío, adquiero uno de sus magníficos colchones – doy fe- que solicito me lo acerquen al coche que tengo en esta misma calle. Dos empleados me lo estiban en el techo del Citroen y lo atan con unas cuerdas para asegurar que no me sirva de vela cuando circule.
Ante la posibilidad de encontrar a Germán, mis dudas van en aumento al igual que la necesidad de comer algo antes de desfallecer. De manera que tomo la calle de la Feria hacia el oeste hasta llegar a un restaurante que hace esquina con la calle Espoz y Mina, llamado La Bodeguilla del Maquinilla y que sólo de admirar los murales de la calle en los que se muestran los manjares del interior me pongo a salivar intensamente.
Entro decidido y encuentro un local muy acogedor decorado en madera, espacioso y de ambiente muy agradable. Al ser un poco temprano, le pregunto al camarero si la cocina esta preparada para las comidas.
-Si señor, puede acceder al comedor. ¡Manolo, acompaña al señor al comedor!
Doy las gracias y acompaño a Manolo hasta un gran salón comedor, vacío de momento, muy bien montado. Me pregunta si voy acompañado y ante la negativa, me indica una mesa para tres a la vez que me pregunta si es de mi agrado.
-Si, si, muchas gracias – le respondo.
Diligentemente retira dos servicios y vuelve con la carta.
Y sin entrar en más detalles, la conclusión es que he comido como un obispo, haciendo caso a las sugerencias que amablemente me iba haciendo Manolo. Sin dejar ninguna. Todo acompañado con un buen vino de la zona de la que no ha quedado ni el corcho. Debió caerse al abrir la botella.
Pido la cuenta y me la traen. Manolo pregunta si me apetecería un chupito de cualquier licor que invita la casa. Naturalmente acepto algún digestivo, tipo orujo o similar. No trae el similar. Así que me bebo el orujo.
Y como remate, antes de levantarme de la mesa, notando ya que tengo menos estabilidad que un tío con zancos le hago una señal a mi camarero para que se acerque. Viene raudo con una sonrisa hasta los lobulillos de las orejas.
-Manolo, ¿puedo hacerle una pregunta?
-¡Claro, señor, y las que quiera! – Esto parece ya el inicio de una larga amistad.
-Pues verá, Manolo, resulta que he venido a Albacete para indagar sobre un tal Germán que hace ya mucho que vino también aquí y se perdió, no sabiendo nadie hasta el momento que ha sido de él.
Manolo, mirándome desde arriba, pues yo seguía sentado, muy serio y sujetándose el mentón con la mano derecha, al cabo de casi un minuto, me responde dando muestras de una gran sabiduría:
-No pregunte por saber, que el tiempo se lo dirá, porque es más bonito conocer sin tener que preguntar.
Y con este sencillo argumento más los niveles de alcohol en mi organismo, abandono este restaurante, esta calle y esta ciudad con la confianza de que algún día, en algún lugar, sin necesidad de indagar, me encontraré con Germán.

-¡Señora! ¿Cómo salgo de Albacete para Requena? ¡Me he perdido!CARICATURA JOSE-98- Recortada y coloreada